Desde muy pequeña me enamoré del ballet clásico, el teatro y la poesía. Con mis sueños de niña y muchas horas de danza, me preparé bajo los exigentes exámenes de The Royal Academy of Dancing y en el Conservatorio de Madrid; veranos enteros los pasé formándome en Cannes, explorando distintos lenguajes del cuerpo en la Escuela Internacional Rosella Hightower.
A los 18 años trabajé como bailarina profesional en Francia —aprendiendo disciplina, rigor y presencia—, pero con el tiempo me encontré con una inquietud más profunda: quería entender también lo que pasa dentro del cuerpo y dentro de la mente.
Así que dejé la danza profesional a los 20 años y me lancé a estudiar Derecho, especializándome en Comercio Electrónico y Propiedad Intelectual, lo que me llevó a una gran experiencia profesional en una startup en Barcelona. Estudiaba, trabajaba, seguía bailando, escribiendo, moviéndome… pero algo en mí sabía que aún no estaba completa.
Durante casi 15 años estuve al frente de equipos, coordinando, organizando, liderando en sectores muy diferentes —hospitalario, hotelero, asistencial—, y aunque logré mucho, no era feliz con lo que hacía. Fue entonces cuando mi búsqueda personal se convirtió en mi camino profesional.